
Leo hoy al corresponsal Pedro Vallín, en La Vanguardia, que los habitantes de Mondragón (un nido de "abertzales" y de desquiciados violentos, aunque la mayoría de la población sea pacífica), tras el asesinato terrorista de ayer, "quieren soluciones y bendicen cualquier intento de poner fin a esta situación. La consideración de qué se puede negociar y qué no es una sutileza de políticos que a los habitantes de Arrasate parece antojárseles melindrosa".
Conozco bien al pueblo vasco. Tengo amigos allá, y desde hace tiempo. Pero con los años he aprendido también que el mito de la valentía de ese pueblo es, en efecto, un mito. No soy partidario de la violencia. Pero el valor se demuestra cuando, si alguien te pega un tiro, estás dipuesto a ir a por él, no a quedarte en casa rezando, o ponerte de rodillas para suplicar por tu vida. No tengo vocación de héroe. Pero yo, que quizá sí que me arrodillaría, no presumo de valiente ni de pertenecer a un gran pueblo.
Como tampoco me gusta la condición de mártir, a veces hay que ir a por el asesino. ¿Sabes?
Dice ese artículo que el problema de Mondragón es que el pueblo está dividido, y que se conocen todos. Bueno, precisamente por eso, se conoce a los cómplices de los asesinos. ¿No?
La alcaldesa y los ediles de Mondragón son de ANV (es decir, Batasuna reconvertida, es decir, los apoyos o el brazo político del terror), gracias a la pseudo-coalición con EB (la Izquierda Unida de la Comunidad, o sea, comunistas reconvertidos y ecologistas varios). ¿Qué hace esa gente gobernando en común con esos sujetos? ¿Es un signo de valentía del noble pueblo vasco? ¿O de pérdida de carácter?
No sé. Supongo que estaré equivocado. Las encuestas dicen que la gente no piensa como yo. Lo asumo. Qué se le va a hacer.
Ahora bien, no puedo dejar de recoger que siempre que Otegui le pedía al PSOE valentía política... era el valor de bajarse los pantalones.
En cuanto a mí, si estuviera allí probablemente huiría como un cobarde. Dicen que los mejores vascos ya no viven en el País Vasco.
No eran valientes. Pero los que se quedaron tampoco lo son. Y además son cómplices con sus silencios.
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